El fascinante viaje de la muerte en el Caribe

Reflexiones acerca de “Se acabó el baile”,

una publicación de la editorial La Iguana Ciega.

Por: Arturo Villarreal Echeona

 

“El verdadero escándalo es la muerte”: Cortázar

 

Que un muerto sea embalsamado y colgado en una hamaca en el patio de la casa; que el cadáver sea puesto a fuego lento para luego beberse la grasa que exuda, o que en lugar de llanto se arme en presencia del difunto un jolgorio, nos parecen hoy conductas repugnantes, sinónimo de barbarie. No obstante, eran prácticas funerarias corrientes en las sociedades precolombinas, que respondían a una visión profunda y respetable de la existencia, diametralmente opuesta a la cultura hispánica que nos ha moldeado.

 

Conocer las prácticas y creencias funerarias de las comunidades ancestrales en América antes de la llegada de los europeos, que aún gozan de buena salud entre nosotros, es tanto como emprender un viaje fascinante en el pasado por los territorios de la muerte, muy útil para otear los horizontes de nuestra vida presente y sanar una herida espiritual que todavía sigue abierta. Esta es la extraña y fascinante aventura que nos ofrece la Editorial La Iguana Ciega, en su último título, “Se acabó el baile”, resultado de una extensa investigación dirigida por Samuel Minski sobre la cultura mortuoria en el Caribe colombiano desde los tiempos precolombinos hasta nuestros días, en un esfuerzo inédito hasta ahora de recopilación sistemática del conocimiento existente sobre el tema.

 

En su recorrido por la caleidoscópica funebría caribeña “Se acabó el baile” devela una asombrosa realidad cultural que todavía permanece en estado subyacente en el imaginario popular y que exige un reconocimiento consciente por parte de la academia y de las esferas institucionales. En ese sentido esta obra se convierte en un valioso aporte para la construcción de la identidad Caribe y de nuestra fisonomía nacional, de la cual son pioneros insignes investigadores como Orlando Fals Borda y Nina S. de Friedemann.

 

La documentación arqueológica y los testimonios de los cronistas de Indias aportados por la investigación nos ponen al tanto en la primera parte del libro de lo que significaba la muerte para nuestros ancestros, y la dramática confrontación que representó la conquista y colonización, a través del lente de la represión del culto a los muertos propio de los indígenas y negros, y su suplantación  por los ritos y concepciones católicas.

 

No obstante, en la segunda parte “Se acabó el baile” describe un aspecto que no se puede pasar por alto, y que constituye tal vez su componente más atractivo y fundamental. Y es que las actuales costumbres funerarias de la costa caribe colombiana, aparte de constituir la herencia que logró salvarse del naufragio de la Conquista, son también la respuesta libertaria de la contraparte, y una prueba evidente de la vitalidad y fortaleza de nuestras culturas primigenias. Muchas de esas costumbres sobreviven hoy como reminiscencias encriptadas en manifestaciones de carnaval, verbigracia la Danza del garabato,  Joselito, la Danza del torito. O como tradiciones marginales que muchas veces son objeto de burla o se nos antojan simples deformidades tropicales, como es el caso del “muerto alegre”.

 

A partir del octavo capítulo  el libro nos embarca en un recorrido fellinesco por los pueblos de la región Caribe,  para mostrarnos las más coloridas expresiones del culto a los muertos, en donde se evidencia la fusión de elementos indígenas, africanos (y por supuesto, también españoles) presentes no sólo en los rituales propiamente funerarios, sino en el folclor, en los bailes, en la música, en los mitos y también en el arte y la literatura referida a la muerte. Para José Barros y Manuel Zapata Olivella, la cumbia hace parte de un ritual fúnebre que se transmutó en danza festiva. Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, es un profundo tratado sociológico que gira en torno a la muerte.

 

El tema de los muertos borrachos o desaparecidos en la rumba es frecuente en el cancionero del Caribe. Dentro del repertorio de la cumbia soledeña la canción “El muerto borrachón” de Miguel Beltrán refiere la visita que el compositor hizo al cielo convertido en santo tras su muerte: El día que Miguel se muera lo llaman el vagabundo, ojalá ustedes lo vieran bebiendo en el otro mundo. Pero la canción donde llega a niveles supremos la reflexión filosófica sobre la fragilidad de la vida y su sumisión ante la muerte es  “La gran miseria humana”, poema del soledeño Gabriel Escorcia Gravini, musicalizado por el compositor Lisandro Meza: Tan solo el dolor es fuerte, la vida es vano capucho, yo vi acobardarse el orgullo bajo el peso de la muerte, llorar en estos desiertos es una cosa muy vaga porque el llanto nada paga ni resucita a los muertos

 

Las señales de la muerte aparecen de muchas maneras en nuestro fabulario mortuorio: agüeros, presagios, asuntos del más allá que se muestran en la naturaleza en forma de cantos de pájaros, aullido de perros, mariposas negras que revolotean, gallos que cantan a deshoras y muchas otras. A falta de ministros la asistencia se suple con rezanderos populares. En la preparación del difunto en Sucre, Córdoba y otros lugares de la Costa Atlántica, se coloca un vaso de agua bajo el ataúd para saciar la sed del difunto, tradición de indudables ancestros africanos. En cambio el indígena zenú lleva vituallas a la tumba de su muerto el día de los difuntos, con el argumento de que aquél necesita sólo una comida por año y precisamente ese día. Así mismo, para ahuyentar el espíritu de los muertos siembran matas de anamú en el patio. A lo largo de las nueve noches el rezo del Rosario se realiza en medio de narraciones sobre la vida del muerto, con cuentos, chistes y licor. Por supuesto, no faltan los cantos, como éste: Bonita es la bella aurora que ya viene amaneciendo dichosa el alma que sale a esta hora que ya hoy la estamos despidiendo Virgen sagrada María Madre del inmenso Dios dale la salvación, y perdónalo, Señor.

 

Merced a los procesos de emigración de masas campesinas, en las grandes ciudades se incorporan variantes que van creando las mutaciones sociales y culturales. El desenfado propio de la vida urbana se hace presente en dichos como “El muerto al hoyo y el vivo al jolgorio” que resuelve el tránsito necesario de un estado a otro. Eso es lo que plantean temas musicales como “Te olvidé”, con letra de Mariano San Ildefonso, anverso y reverso de la vida y la muerte; o “La caja negra”, de Enrique Díaz, donde se asegura que en la hora de la muerte, después de acumular poder, dinero y mujeres, la muerte pasa cuenta de cobro y “el ataúd es lo único que uno se lleva”.

 

La funebría popular es una mezcla de tradiciones indígenas, negras y las que aporta la cosmogonía católica, como el purgatorio, un estado transitorio en que las ánimas con pecados leves quedan rondando entre los vivos y sólo los rezos pueden conducirlas a su morada final. Con fuerte arraigo católico y de sincretismo africano, dentro de las tradiciones funerarias el animero es una de las figuras más populares en toda la región caribe, y la más trágica dentro del lumbalú palenquero. El animero recoge la creencia de que el alma sólo abandona el lugar donde se separó del cuerpo a los nueve días de su defunción. En vísperas del 2 de noviembre, día de los muertos, en Mompóx los animeros vestidos con sayales como monjes medievales, hacían sonar campanas y se internaban en la espesura del cementerio a las 12 de la noche. Allí rezaban un padre nuestro y un avemaría en honor a las almas benditas del purgatorio, y salían a recorrer la población.

 

En el período colonial las plañideras, una tradición judía muy antigua, fueron prohibidas por las autoridades eclesiásticas porque el alquiler de negras y mulatas para gemir en los funerales se combinaba con  bailes públicos en los atrios de las iglesias. Rosario en mano, las plañideras mezclaban dialecto africano con latín y, al salir de la casa, a modo de despedida, decían: “Bueno, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Ya esto se acabó y nos vamos con nuestra música a otra parte”. En Barranquilla esta costumbre se mantiene con variantes notables como el caso de un homosexual muy conocido en los ámbitos de los cementerios, que es contratado para sus ‘actuaciones’ con inmenso dolor y llanto, incluyendo desmayos en pleno sepelio, con obvios costos adicionales que cubren agradecidos los deudos.

 

El desprecio hacia estas expresiones de la cultura popular es la actitud típica de una sociedad consumista y alienada, cuyos miembros desconocen  su razón de ser, tanto como ignoran su historia y su propia identidad. Pero ellas en realidad son valiosos fósiles de paleontología cultural, que nos brindan pistas seguras sobre el origen y la naturaleza oculta de nuestra actual idiosincrasia costeña.

 

 “Se acabó el baile” abre así, desde el ángulo más insospechado, el de la muerte, una luminosa ventana  hacia la vida, una veta de pensamiento fértil hacia una visión civilizada de la existencia social fundada en la tolerancia y que resulta fruto de la fusión sincrética de una multiplicidad de culturas. La respuesta del Caribe a la cultura milenaria de la violencia, justificada por todas las corrientes de pensamiento de la historia, es una apertura amable y alegre hacia la vida. Es como la reacción del árbol de sándalo, que aromatiza al machete que lo destroncha; es la sonrisa que desarma; la décima urticante que reprende mientras la vacila; el pea-pea filosófico de la marimonda de carnaval, que ridiculiza hasta lo más trascendente, como ejercicio para olvidarnos de la muerte y festejar lo único que vale la pena festejar: la vida misma. Leer este libro es recordar la historia para no repetirla, y es también, en la vivencia presente, salvar una parte de lo que parecía irremediablemente perdido, para comenzar a ser, desde los umbrales del “más allá”, lo que verdaderamente somos y estamos destinados a llegar a ser en este mundo.

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